MUERO.
Estoy muriendo.
Cada día, cada hora, cada instante, cada vez que recuerdo.
Muero por la sangre derramada en los callejones vacíos, por la ingratitud de la fe, por la mancha del primer pecado.
Muero de nostalgia, muero de hastío, muero de frío, muero de sueño, por el vino nuevo, por la poesía, por el futuro sombrío, por el ideal olvidado, por el exceso reprimido.
Estoy muriendo por una complicación en mi alma por los pulmones que no aguanten, por la extremidad amputada, por la risa loca del verano, por la seca carcajada del invierno.
Me desangro con el arco del violín, me hago con la tragedia griega.
Ardo de fiebre ancestral, envenenado con el aroma de las flores secas.
Muero fumando, muero bebiendo, muero en escena, muero a escondidas, muero poco a poco.
Agonizando sorpresivamente. Muero entre lágrimas, muero contando suspiros.
Muero viviendo, muero deseando, muero en la miseria de la razón, en el nirvana de la locura.
Muero porque sí, por el simple placer de sucumbir.
Porque siempre fui muy necia, porque nunca fui muy sabia.
Muero por ese amor que nunca tuve, por ese destino que nunca compartimos, por la hija que nunca conocí, por el hijo que nunca fue.
Muero en los brazos, muero en los ojos, en la silueta que danza y sus extrañas profecías.
Muero al despuntar el alba, por simple necesidad de apostar todo.
Muero junto a el en aquel extraño lugar.
Muero esperándolo, por el gusto de esperar.
Muero en la incógnita del siguiente amanecer…